Las fuerzas de combate que juntaron los cristianos llegaron a los 70.000 hombres, por el contrario, por el bando del Imperio Almohade superaban los 125.000 hombres venidos desde todos los rincones del Islam, como Marruecos, Túnez, Senegal...

Cuando los dos mundos chocan sus aceros, el empuje favorece a las tropas cristianas. El alférez mayor del Rey Alfonso VIII de Castilla, Don Sancho González de Reinoso, al ver una cruz surgida del cielo, fue el que inculcó tal coraje y valentía a los españoles que nada les resistía a su bravura para ganar la batalla. Las tropas castellanas de Alfonso VIII se situaron en el centro, a la derecha estaban las tropas navarras de Sancho VII, y a la izquierda el Rey Pedro II de Aragón con sus tropas. El feroz ataque de los cristianos hizo que los musulmanes retrocedieran. Pero al entrar en batalla el grueso del ejército almohade, un momento de confusión y de retroceso de los Cristianos pareció que iba a hacerles perder el combate.
Alfonso VIII, junto con Sancho VII y Pedro II se adelantaron implacablemente entre sus tropas, ante tal empuje, los cristianos llegaron hasta la misma tienda del general almohade, el propio califa An-Nasir. La tienda estaba rodeada de esclavos negros, atados con cadenas al suelo que custodiaban el acceso a ella. Fue Sancho VII de Navarra el primero en entrar a esa tienda montado en su caballo, tras esto, los Musulmanes empezaron a retroceder desordenadamente, y su retirada fue masiva y abrumadora. Los generales almohades tuvieron que escapar a toda prisa de allí, ya que la batalla ya estaba perdida. La victoria cristiana fue decisiva, aunque la reconquista total de la península, por diversos motivos, duraría casi tres siglos más.

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