miércoles, 13 de junio de 2012

Las Siete ciudades de Cíbola y Quivira, tierra de bisontes

Luego de ser descubierto y conquistado el continente americano de norte a sur y de este a oeste por los intrépidos españoles, los cuales estaban sobrados de honor, de brío, de garbo y de gloria. Lo único que les faltaba a los íberos leones era el parné. Muchos hombres fueron los que anduvieron en busca de las soñadas ciudades cargadas de oro, plata y joyas. Unos de esos sensacionales lugares son Cíbola y Quivira. En sus praderas habitaban millones de cíbolos (bisontes) y fueron buscadas por Nueva España, entre los paises actuales de México y Estados Unidos de América.


Éstas siete magníficas ciudades fueron fundadas, según cuentan, por siete obispos de Mérida en el año 713, los cuales embarcaron sin rumbo fijo hacia el oeste para salvar las reliquias y símbolos religiosos que había en ésta ciudad extremeña por temor de los moros. No hace falta decir que dos años antes la Península Ibérica fue invadida por las medrosas huestes musulmanas.

Aunque primero fundaron Cíbola y Quivira, había tantas riquezas en éstas tierras que los siete obispos decidieron fundar una ciudad cada uno. Las siete ciudades fueron nombradas así; Aira, Anhuib, Ansalli, Ansesseli, Ansodi, Ansolli y Con. Todas ellas estaban erigidas en oro y las calles estaban pavimentadas de materiales preciosos.

Álvar Nuñez Cabeza de Vaca junto a sus tres compañeros supervivientes del naufragio de su expedición a La Florida en 1528 aseguraron haber escuhado a algunas tribus indígenas asegurar la existencia de riquísimas tierras aún sin descubrir. Ésto sólo hacía aumentar la leyenda.

El primer explorador encargado de conquistar éstas ciudades y tomar para España sus respectivas riquezas fue Marcos de Niza, un fraile franciscano que fue enviado por el Virrey Antonio de Mendoza después de escuchar los relatos de Cabeza de Vaca. De su primera expedición aseguró haber visto a lo lejos una ciudad más grande que Ciudad de México antes de que la muerte le visitara a él por sorpresa. Allí los nativos utilizaban vajillas de plata y oro, decoraban sus casas con turquesas, perlas gigantescas y esmeraldas. Todo fue desmentido por la segunda expedición que promovió Antonio de Mendoza, ésta vez encomendada a Vázquez de Coronado.




En ésta nueva expedición, los españoles fueron atacados por tribus nativas, pero gracias al don pacificador de Coronado no le impidió alternar su ruta. Pero jamás llegaron a Cíbola, ni a Quivira. Como decía Calderón de la Barca; "los sueños, sueños son". Pero la suerte de Coronado y el resto de expedicionarios españoles no fue del todo mala. No encontraron riquezas materiales, pero sí una de las mayores riquezas naturales del mundo; El Gran Cañón del Colorado, visto por primera vez por ojos europeos.


martes, 12 de junio de 2012

Ciudades legendarias del Nuevo Mundo; El Dorado y la Ciudad de los Césares

Hubo una vez en el siglo XVI un encontronazo en el Mar Caribe entre corsarios franceses y un navío de guerra español. Cuando los dos barcos estaban uno frente al otro, el capitán francés le dijo al español:
- ¡Los españoles sólo lucháis por el oro! En cambio, nosotros los franceses, sólo lo hacemos por el honor y la gloria.
El capitán español con plena gallardía le contestó:
- ¡Es obvio!, ¡cada uno lucha por lo que le falta!

Con éste célebre diálogo me gustaría empezar el relato sobre la incansable busca de las ciudades repletas de oro y joyas que soñaron conquistar tantos y tantos españoles que se embarcaron a un mundo desconocido. Lo hicieron sin miedo alguno, encontrando nada más que la muerte en la mayoría de los casos a causa de ataques indígenas o de animales, engullidos por la propia selva o, en otros muchos casos, muertos de sed o comida debido a la falta de provisiones en tan largos viajes.



Quizá la ciudad mítica por excelencia sea "El Dorado". Fueron decenas los explorados españoles que vagaron languidecidos por la espesura de la selva en busca de éste agraciado lugar. Ésta tierra soñada se encontraría según las tribus indígenas del lugar en territorio de Nueva Granada en la actual Colombia, aunque también se buscó por zonas de lo que hoy es Ecuador, Perú, Bolivia o Venezuela.



Logicamente todas las expediciones hacia el Imperio del Oro fueron fracasadas ya que no existía dicho lugar. El primer intento de rastreo del lugar fue llevado a cabo, sin éxito, por Don Ángel Guerra alrededor de 1530. En el lustro siguiente, el fundador de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada emprendió una búsqueda igualmente sin éxito. Posiblemente la expedición más célebre fue la de Francisco de Orellana y Gonzalo Pizarro en 1541. Los dos capitanes se dividieron en dos grupos, Pizarro y sus hombres al estar agotados, regresaron a Quito. Mientras tanto el incansable Orellana continuó su viaje. No encontró ningún Reino Dorado pero acabó descubriendo y bautizando el río "Amazonas".

Han pasado cinco centurias y el sueño de muchos hombres de todo el mundo prevalece. Exploradores de todas las nacionalidades aún hoy siguen buscando este divino sitio.



En algún valle de la cordillera de la Patagonia entre Chile y Argentina existía una ciudad encantada, llamada la "Ciudad de los Césares". Se le dió éste nombre por el portugués al servicio de España Francisco César, el cual en una expedicion por el interior de Argentina aseguró haber visto una ciudad abundante en oro y plata. Desde entonces los españoles llamaban a ese inimaginable lugar "el de César" y a los habitantes que allí vivían los "césares".



El primer hombre encargado de la búsqueda de la ciudad fue el capitan Diego de Rojas en 1543, pero antes de un año murió en un combate con tribus indígenas. En 1551 vuelve a intentarlo el conquistador vallisoletano y gobernador de Chile Francisco de Villagra. Villagra disponía de refuerzos para la conquista de Chile por Pedro de Valdivia y le fue encomendada la misión de buscar la ciudad de los Césares. Aunque sin éxito, Villagra y sus hombres consiguieron oir de boca de los indios que por la zona se encontraban españoles refugiados desde hacía tiempo. Quién sabe, lo mismo algunos españoles sí que conquistaron ese paraiso desconocido que aún nos aguarda.



El naufragio de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y Estebanico

Posiblemente una de las más grandes epopeyas nacionales, caida como tantas en el olvido. Los cuatro protagonistas de ésta épica historia tuvieron que sobrevivir al naufragio de su barco frente a las costas de Texas, mientras participaban en una fracasada expedición a Florida promovida por el Gobernador Pánfilo de Narváez en el año de 1527. La flota al completo comandada por Narváez constaba de cinco navíos y seiscientos hombres.


Los capitanes del barco que naufragó fueron Alonso Castillo Maldonado, el cual nació en la ciudad universitaria de Salamanca, de linaje aristócrata, se embarcó en Sanlúcar de Barrameda hacia América en busca de gloria junto a su paisano Andrés Dorantes de Carranza, el otro capitán de la expedición. Ambos sobrevivieron.

Los otros dos supervivientes fueron el esclavo Estebanico y el conquistador Cabeza de Vaca. Al primero se le considera como el primer negro en pisar el territorio actual de los Estados Unidos de América. El segundo alcanzó fama universal por sus grandes conquistas y descubrimientos, como el de una de las siete maravillas del mundo; las cataratas del río Iguazú, a las que bautizó como "saltos de Santa María".




Los cuatro españoles anduvieron por tierras hostiles durante ocho años hasta llegar a territorios españoles. Durante esos fatigables ochos años se ganaron la amistad de algunas tribus indígenas ya que ejercían de curanderos, incluso ganaron fama por la zona al extraer Cabeza de Vaca, sin ningún tipo de ayuda sanitaria, la punta de una flecha que un indígena tenía clavada cerca del corazón. También tuvieron que padecer esclavitud al pasar por tierras dónde noe ran bien recibidos como la tribu de los Mariames o los Coahuiltecans. En 1534 pudieron huir y tomaron rumbo hacia al Mar del Sur(Oceáno Pacífico). En la primavera de 1935 vuelven a encontrarse con otra tribu india, pero su suerte fue mucha, ya que les ayudaron y les guiaron hacia territorios españoles atravesando el Río Grande de México. Al ver evidencias de españoles aceleraron su ritmo hasta que llegaron, por fin, a San Miguel de Culiacán cerca del océano, en Nueva Galicia. Al enterarse el Gobernador de Nueva Galicia, Nuño de Guzmán les proporcionó caballos y vestimenta, y les envió a la ciudad de México para que rindieran cuentas al entonces virrey Antonio de Mendoza. Llegaron a la Ciudad de México a finales de julio de 1536 después de caminar con los pies descalzos un trecho de 2.400 millas.
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