jueves, 12 de abril de 2012

Hernán Cortés y el nacimiento de México



El pacense Hernán Cortés, quizá el más grande conquistador español, se embarca hacia el Nuevo Mundo impulsado por su afán aventurero con tan sólo diecinueve años.

Una vez llegado a la Isla de Cuba, participa en la conquista de dicha isla bajo el mando de Diego Velázquez. Pronto sería enviado a una expedición para explorar la costa de México, junto a él, seiscientos hombres a su cargo. Tardaron dos meses en desembarcar en la costa de Veracruz, era ya abril de 1519 y Cortés no dudó en adentrarse en el interior de México para ser el primero en explorarlo. Vagaron por impenetrables vías que abrían sobre la marcha, atravesando ríos, lagos, montañas y volcanes, luchando contra unas tribus indígenas y simpatizando con otras, quizá por el asombro de ver a auténticos dioses de color blanco montados en animales que nunca antes habían visto (Caballos), con armaduras que cubrían la totalidad de su cuerpo y con armas inaccesibles para ellos, tales como arcabuces, falconetas o culebrinas, mientras ellos tan sólo se valían de lanzas y cuchillos.



Pasaron seis meses del desembarco en la costa de México cuando Cortés y sus hombres llegan a la metrópoli Tenochtitlan, la gran ciudad construida por los aztecas en medio de los lagos en el Valle de México. Los españoles se quedaron espantados al ver las matanzas y sacrificios que se hacían en los templos sagrados. Cortés se entrevista con Moctezuma y fue entonces cuando les ofrece a los indígenas un Dios mejor que el que tenían, y colocó cruces e imagenes cristianas en sus divinos santuarios. Desde ese instante cesaron los sacrificios religiosos.


Hernán Cortés tuvo que ausentarse debido a su guerra contra Pánfilo de Narváez que declaraba que le pertenecían las tierras que había explorado. Mientras tanto se queda al mando en Tenochtitlan Pedro de Alvarado, y éste, por causas desconocidas, tal vez por su ansia de poder, decide ordenar la matanza del patio del Templo Mayor que precedió a la derrota de los españoles conocida como la Noche Triste.


Al año siguiente Cortés decide regresar a Tenochtitlan, el lugar dónde primero les vieron como dioses y después como auténticos bárbaros. Dijo Cortés a sus Hombres;
"¿Cómo puede venir nada bueno si no volvemos por la honra de Dios, es decir, si no cumplimos en seguida con nuestro deber de cristianos y civilizadores?"
Con él van tras de sí unos ochenta mil tlaxcaltecas (Tribu indígena enemiga de los aztecas) y tropas españolas que llegaron desde Veracruz.

En muy poco tiempo, la población indígena disminuyó debido a las enfermedades traidas por los europeos como la viruela. De viruela murió el hijo de Moctezuma antes del asedio español y también fallece el mismo Moctezuma debido a una pedrada lanzada por su pueblo. Nombran pues a Cuauhtemoc gobernante supremo de los mexicas (aztecas) siendo éste el último emperador azteca.


Al grito de "Santiago y a ellos" comenzó la batalla que se prolongó cerca de ochenta días en los que transcurren episodios heroícos por ambas partes pero son los españoles los que ganan sin dificultad dejando la ciudad devastada.


Hernán Cortés es nombrado Gobernador de esta tierra llamada Nueva España, permaneciendo aquí los españoles durante trescientos años hasta la Independencia de México en 1821.


Lope de Vega le dedicó a Cortés este poema:
"Cortes soy, el que venciera
por tierra y por mar profundo
con esta espada otro mundo,
so otro mundo entoces viera.

Di a España triunfos y palmas,
con felicisimas guerras.
Al Rey infinitas tierras
y a Dios infinitas almas."


Uno de los más grandes escritores del siglo XX y premio Nobel de literatura, el mexicano Octavio Paz declaró lo siguiente:
“No todo fue horror: sobre las ruinas del mundo precolombino los españoles levantaron una construcción histórica grandiosa que, en sus grandes trazos, todavía está en pie. Unieron a muchos pueblos que hablaban lenguas diferentes, adoraban dioses distintos, guerreaban entre ellos o se desconocían. Los unieron a través de leyes e instituciones jurídicas y políticas pero, sobre todo, por la lengua, la cultura y la religión. Sí las pérdidas fueron enormes, las ganancias han sido inmensas. Para juzgar con equidad la obra de los españoles en México hay que subrayar que sin ellos –quiero decir: sin la religión católica y la cultura que implantaron en nuestro país- no seríamos lo que somos. Seríamos, probablemente, un conjunto de pueblos divididos por creencias, lenguas y culturas distintas.”

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